Víctor escribió una vez que no había nadie mejor de quién enamorarse que de una lectora apasionada. Perderse en la mirada de una joven que amase la escritura y lo que él escribía era una sensación totalmente indescriptible.

Nadie conoció a Víctor del Nuncio tanto como yo, ni siquiera llegaron a intuir en su totalidad la magnitud de su persona y todo lo que ocultaba tras la máscara de escritor.

Le conocí en Rhodesia en 1976, él era un español recién llegado al país que vino a verme al hotel que regentaba y donde acudían  los pocos españoles que venían al país. Cuando llegué aquella mañana ya estaba esperándome, sentado en un sillón y fumando pacientemente.

No le imaginaba así. Su presencia me impresionó mucho más de lo que esperaba. Era uno de esos hombres solitarios capaces de atraer miradas con el mero hecho de encender una cerilla, uno de esos ambiguos personajes con la capacidad de llegarle a la gente al alma. Entrar en un lugar, poner sus vidas patas arriba y salir de nuevo por la puerta sin mirar atrás.

Había tenido noticas de él meses atrás, cuando me comunicaron desde el ministerio que un español vendría al país y debería ayudarle en todo lo que fuese necesario. En 1976 las cosas no eran demasiado estables, llevábamos varios años inmersos en un caos originado por la chimurenga, una cruenta guerra de liberación que todos los días se cobraba alguna vida.

Escribí al ministerio recomendando que no viniese, pero recibí a modo de respuesta una elegante carta en la que el propio Víctor escribía su firme intención de viajar.

Me resigné, aquel excéntrico escritor debía de ser uno de esos hippies alocados que venía de viaje en busca de emociones fuertes, ver a las tribus, echarse unas cuantas fotos y volver a Madrid con la maleta llena de máscaras Shonas y otros recuerdos absurdos.

Cuando leí quién le había ofrecido alojamiento supe que me había equivocado a la hora de juzgarle. Me intrigaba profundamente que Morgan Wilson, uno de los hombres fuertes del régimen, cercano al primer ministro Ian Smith, le fuese a acoger en su casa sin conocerle, tan sólo mediante cartas de recomendación de cierto editor francés.

Aquel joven de veintiséis años me intrigaba, era un total misterio para mí, y al verle allí sentado, esperando en silencio sin transmitir con su rostro el aburrimiento que debía de sentir, supe que no era como nadie que hubiese conocido hasta el momento. Él era de los que dejaban huella en los demás.

-Señor del Nuncio-le dije acercándome y tendiéndole la mano-Soy José María Barrios, propietario del hotel. Encantado de conocerle. ¿Una copa?

Le dije aquello mientras nos dirigíamos a mi despacho, por el pasillo fuimos hablando y le observé  con atención. Mi mujer siempre me decía que me fijaba demasiado en los gestos de la gente y que un día me sorprendería. Aquel día me sucedió. Víctor era alguien que se movía con una seguridad fuera de lo normal, como si a lo largo de su corta vida se hubiese dedicado a bucear en las altas esferas.

-¿Ha tenido buen viaje?-Le dije mientras le ofrecía un Cointreau con hielo.

-Algo largo, pero muy cómodo.

-Me alegro ¿Cómo van las cosas por España?

-Están algo… difíciles. En especial después de la muerte de Franco. No sabe nadie qué puede ocurrir…

-Bueno-repuse sonriendo, percatándome de la cautela con la que hablaba de la situación política. Como si no quisiera tocar temas peligrosos como ese.-Seguro que todo se arreglará, tranquilo. ¿Piensa volver a España?

-No lo sé-reconoció-En verdad no sé muy bien cuánto tiempo voy a estar en Rhodesia…

-Debería saber que vivimos tiempos difíciles y aquí en Rhodesia las cosas son mucho más diferentes de Europa.

-Lo sé-respondió sonriendo mientras encendía un cigarrillo-Ya me ha explicado el señor Wilson cómo funciona el sistema.

-Morgan Wilson-dije, asombrado de nuevo por el anfitrión de su interlocutor-Tiene usted buen padrino. Es el mejor de todos los afrikáners que conozco.

-Es un buen hombre. Me está ayudando mucho en estos momentos.

Sonreí. Morgan Wilson era un buen hombre, uno de esos tiburones empresariales que defendía a los suyos y lo que le pertenecía. Era uno de los que más se había enfrentado a los británicos por la independencia de los blancos. Aquella mañana continuamos hablando un poco de todo, aunque prefería dejar que la familia Wilson le guiase en aquel pequeño mundo. Sabía que los afrikáners nunca le admitirían como a uno de los suyos. Era un extraño. Un outsider. Lo cierto es que su boda con May Wilson sería todo un escándalo, a pesar de que  estaría respaldado por la familia Wilson e incluso por muchos miembros de la élite social, sería todo un escándalo.

-Señor del Nuncio-le dije cuando se iba a marchar a la vez que le tendía un paquete-Tenga.

Víctor lo tomó entre sus manos, tratando de saber que era.

-¿Qué es?

-Es…-en aquellos momentos me pregunté si darle aquello no sería exagerado-Un pequeño favor que debería quedar entre nosotros. Un seguro de vida. Rhodesia es muy peligrosa.

-Creo que no le entiendo-dijo devolviéndomelo.

-Siéntese, por favor-le dije señalándole el sillón-Le voy a dar un consejo, hijo, una recomendación que le va a salvar la vida. Esto es África. Puede parecer Europa con sus grandes avenidas, altos edificios, alumbrado público, automóviles mejores que los de España, lujo, elegancia… Puede que le confunda que haya blancos en las calles, gente de alta posición social y sólida formación cultural, que hablen inglés y beban té a las cinco. Pero es África. Los blancos son afrikáners, no británicos. Esta tierra es tan suya como de los shonas o de los ndebeles, incluso más. Se han dejado la sangre por vivir así, han sudado dolor y lágrimas por este paraíso, por crear un oasis occidental al que se oponen todas las potencias mundiales. Por eso no son europeos. Son afrikáners. Métetelo en la cabeza porque si lo entiendes va a salvarte la vida. Una vida de alguien que no sea de los suyos no vale nada. Y tú no lo eres. Viven en constante alerta, cualquier día pueden perderlo todo. Disfrutan cada instante de sus vidas porque no saben cuando algún asesino enarbolando una consigna de liberación puede acabar con ellos. Cuando yo llegué las cosas estaban más estables, pero ahora hay muertes todos los días y lo mismo te puede atacar un blanco que un negro. Por eso toma-le volví a dar el paquete- Es una pistola y cargadores. ¿Sabes usarla?

-Sí-respondió.

-Bien-dije poniéndome en pie-espero que nunca tengas que usarla.

Víctor sonrió y guardó aquello en el bolsillo de la chaqueta, saliendo del despacho sin volverse.

Me llamó la atención su falta de miedo ante la posibilidad de morir en aquel país tan contradictorio. En aquellos momentos yo ignoraba que él ya había jugado muchas veces con la muerte y siempre había vencido.

Rhodesia no le mató, al contrario de lo que pensé al principio, su estancia en aquel lugar le salvó la vida.

Londres, 1973

Nunca será un buen momento para volver a vernos. En verdad para nosotros ya no hay tiempo alguno, ni días, ni noches, ni tampoco amaneceres. Para nosotros no queda más que el silencio.” Escribió Víctor del Nuncio en su primera novela. Con estas tibias palabras iniciaba una Odisea épica hacia el interior del alma del poeta, hacia su verdadero yo. Allí, subido a un estrado y leyendo las primeras líneas de su historia, era lo que siempre había soñado ser: Él mismo.

Durante aquellos instantes desnudó su alma ante aquella multitud de ingleses que le miraban con una mezcla de curiosidad, admiración y envidia. No le tembló la palabra al leer, ni se le trabó la lengua como tantas veces le había sucedido años atrás. Su voz salía limpia, caudalosa, con mucha más potencia que la que hubiera creído tener. Fuerte, vibrante, serena. El reflejo del alma que en verdad tenía, de ese vigoroso y decidido corazón que durante tantos años había tratado de ocultar bajo las más diversas armaduras.

Ahora el público era suyo y el tiempo de aquellos intelectuales estaba en sus manos, les había embrujado con la fluidez de su prosa, con la magia de su voz. Esa misma que ella había amado tanto tiempo atrás y que luego había quebrado junto con su corazón. De pronto, aquel hechizante discurso finalizó, dejando en el ambiente un astro de misterios, un velo de magia que se evaporó al instante con una verdadera tormenta de aplausos.

Sonrió a los asistentes, haciéndolo como mejor sabía, con aquella expresión de pura felicidad que le salía de lo más profundo de su ser, con ese leve fruncir de labios que tantas veces le había ayudado. Su sonrisa.

Durante mucho tiempo había dejado de sonreír, había escondido su expresión bajo auténticas máscaras, falsas muecas que apenas lograban disimular su malestar y no hacían más que envejecerle. Pero ahora por fin, sonreía con sinceridad.

No por ella, que tanto mal le había hecho, ni por las otras, ni por el público, ni tampoco por aquella que una vez conoció y se desvaneció al poco tiempo, dejando en su corazón un dulce e intenso rastro que aún no había olvidado. Lo hizo por sí mismo, por sus miedos, por sus inseguridades, por todas las noches en blanco esperando algo, por su ansiedad, por todas las veces que había llorado en soledad y no había encontrado otro consuelo que un folio en blanco dispuesto a escucharle.

Después de la conferencia, aquella noche llegó tarde a su hotel, montado en un taxi en compañía de su editor, Jean-Philip, ese hombre que había llegado a su vida en el peor momento y había hecho realidad su sueño: Ganarse la vida escribiendo.

-Muy bueno el discurso de hoy-le felicitó su jefe dándole una fraternal palmada en el hombro-Nunca te había visto tan emocionado. Ha sido algo impresionante.

-Gracias-respondió Víctor sonriéndole-Nunca lo había estado hasta ese punto. Me ha salido así, en verdad no lo tenía preparado.

-¿Sí?-Jean-Philip dejó escapar una carcajada a la vez que sacaba del interior de la americana un par de puros y le pasaba uno a Víctor-Me han preguntado por ti esta tarde. Una lástima que no hayas podido estar libre en toda la conferencia…

-¿Por mí?-Víctor rompió a reír, mientras encendía el puro que le había dado su jefe.

-Sí-le contestó sonriendo enigmáticamente por encima de sus enormes gafas metálicas-Cierta señorita Rhodesiana quería que le dedicases el libro…

-¿Una admiradora? ¿De Rhodesia?-Víctor volvió a reír y negó con la cabeza. Aquello no podía ser verdad, era imposible que todo el mundo quisiera un ejemplar dedicado, una firma o tan sólo hablar un poco con él. Ya se había acostumbrado a ello.

-Sí, le encantó tu novela cuando salió la primera edición. Su padre es amigo mío, un viejo conocido del Foreign Office que vive en Rhodesia, ella está estudiando aquí y ha venido desde Oxford para oírte… Aunque ha sido imposible que hablases con ella, se ha marchado pronto.

-Interesante-respondió el joven dejando escapar de entre sus labios un fino hilo de humo-¿Cuándo has concertado la cita?

-Mañana al mediodía-respondió entregándole una tarjeta de color crema- Auguste pasará a las ocho a recogerte con un coche para llevarte a la estación. Ahí tienes la dirección en Oxford, quédate un par de días por allí si quieres, descansa y visita la ciudad.-El taxi frenó con suavidad ante la puerta del hotel y Víctor bajó del automóvil. Una vez fuera de él, su jefe le dio una última indicación- Trátala con el debido respeto y no hagas ninguna tontería. Es hija de un buen amigo.

El taxi echó a andar y Víctor se quedó allí de pie, con una pequeña cartulina rectangular entre los dedos. Leyó la bella caligrafía femenina que rezaba:

May Wilson

37 Rhodesian Avenue

Oxford

(Continuará)

 

           Siempre había procurado no pensar en blanco, tener la mente llena de ideas en efervescencia, siempre en plena ebullición, intentando olvidar el amor y lo que ello había significado para mí: Un problema.

            Me perdía en folios y folios de escritos, poemas, relatos, cualquier novela que me pidiesen desde la editorial. Me encerraba en mi piso y dejaba que todo fluyese. Salía por la mañana a pasear, a dejarme llevar por los pies para respirar algo de aire puro, para ver la luz de mis días y para encontrarla un día cualquiera de casualidad.

            La encontré, cierto y una extraña sensación que desde hacía años estaba evitando se volvió a apoderar con salvajismo de mí. Mi sangre se llenó de esa misteriosa sustancia, mágica y ponzoñosa a la vez, una dulce amargura. Me llenó y de pronto todos mis textos comenzaron a cambiar por completo, haciendo desaparecer de mis palabras el velo de bruma que los había cubierto hasta entonces.

            Empecé a cambiar mis hábitos, a salir a las horas que podía verla desde lejos, contemplar su perfil mientras miraba los pájaros del parque. Era maravilloso verla allí sentada, dejando que los rayos matutinos le recorriesen el rostro, descendiendo desde su cabellera oscura, deslizándose sensuales por el cuello alto del jersey, descolgándose con mimo por la chaqueta de cuero claro hasta sus largas y estilizadas piernas, cruzadas con gracia una sobre otra.

            La miraba mientras yo paseaba entre los cuidados setos, disfrutando del parque, del delicioso aroma de las lilas que impregnaba el aire, regocijándome del trino de las alondras que jugueteaban entre los frondosos árboles. Me acercaba después al río, me apoyaba en la baranda de forja y dándole la espalda a ella, encendía un cigarrillo y dejaba que el viento se llevase las volutas del humo que salía de mi pitillo. Cerraba los ojos y me dejaba llevar por mis sentidos que anestesiaban la mente y llenaban el alma. Cuando dejaba de fumar sobre la corriente del Sena y me volvía, ella seguía todavía allí, sentada en su banco, con los ojos cerrados y sonriéndole al sol de invierno.

            Yo me iba siempre antes que ella. Y al día siguiente, regresaba a aquel paraíso en el centro de aquella embrujada ciudad del viejo mundo. Y cuando regresaba a casa era el hombre más feliz del mundo. Era un extraño en una ciudad ajena, sin amigos, sin más compañía que la de mis libros y mi desorden. Siempre con un tanque de café preparado, con un pitillo humeante entre los labios y una copa de Cointreau con hielo a mano. Y a pesar de la soledad en que vivía, que mis colegas de editorial tachaban de enfermiza,  era feliz. Escribía, bebía, fumaba y contemplaba todos los días a una mujer con la que lo más probable nunca me atreviese a hablar. Nunca había sido alguien encendido, una persona capaz de coger al toro por los cuernos sin importarle las consecuencias.

            Una mañana desperté con placidez entre mis tibias sábanas y vi que fuera llovía. Un llanto descendía hasta las calles desde un extraño cielo de cobre, inundándolas con lágrimas de los ángeles.

            Siempre me han gustado los días de lluvia, me traen buena suerte, puede ser que el agua borre los malos recuerdos, eliminándolos del pensamiento como la lluvia borra el menor rastro de polvo de los adoquines. He amado desde niño la lluvia, tiene algo sobrenatural, tal vez una mágica esencia que la hace encantadora, perfecta. En especial si cuando para de caer, sale el sol de entre las nubes, iluminando con sus doradas luces los charcos que yacen caídos en el asfalto.

            Me levanté de la cama y en tirantes salí al balcón. Desde él contemplé la ciudad tendida a mis pies, en aquellos momentos daba la impresión de que podía hacer con ella lo que quisiese, la veía indefensa, triste ante la lluvia. Las aceras hervían de gente con paraguas que avanzaban a toda prisa en las más diversas direcciones.

            Dejé que aquellas perlas celestiales me mojasen, cerrando los ojos para disfrutar de aquella indescriptible sensación que me producía estar bajo la lluvia en mi balcón, limpiándome, renovándome allí solo. En ese momento caí en la cuenta de que ella no estaría ese día en el parque, pero decidí no cambiar mi rutina y salí a la calle enfundado en mi abrigo para hacer el paseo de siempre.

            Caminé alegre bajo la lluvia, mojándome y sintiéndome como un crío que desconoce el significado de las palabras pulmonía y prevención, como alguien que no tiene ni idea de lo que es la sensatez. Caminé como un fantasma por las desiertas avenidas y los parques hasta llegar a los jardines del río. Cuando llegué, ella estaba allí contra todo pronóstico, paseando sobre la grava de los senderos protegida por un paraguas. No me vio, y me acerqué a la barandilla como hacía siempre, a fumarme un imposible cigarro bajo aquel aguacero. Las gotas golpeaban la superficie del río, que bajo aquel apocalíptico cielo de cobre recordaba a una inestable marea de mineral líquido, al contenido de una cuba en una fundición, espeso y refulgente.

            Mi mente estaba perdida entre los árboles de la otra orilla del río, en las ráfagas de mojada brisa que azotaban las ramas con mimo. Y de pronto, una suave voz, femenina y aterciopelada me sacó de mis pensamientos:

            -¿Usted no cambia nunca de costumbres?

            Me giré hacia la izquierda y la vi apoyada en la barandilla a poca distancia de mí, mostrando su inmaculada dentadura en todo su esplendor, resguardada bajo el paraguas. Me quedé unos segundos atascado en una sonrisa para salir del paso mientras pensaba qué contestar, qué ingeniosa respuesta soltarle antes de continuar con la conversación.

            -No-le contesté, sin dejar de sonreír-No puedo cambiar de un día para otro. ¿Y usted?

            Ella sonrió otra vez, dejándose llevar por una musical y argéntea carcajada.

            -Tampoco, aunque hoy hace un mal día ¿No le parece?

            Aquello era curioso, dos desconocidos en un parque hablando del tiempo, qué recurso más utilizado, tantas veces leído en novelas, visto en películas y utilizado en la vida real.

            -¿Y qué le hace pensar que sea un mal día?-le pregunté, mirándola a los ojos.

            Ella volvió a reír, dejándose llevar por la risa que inundaba su grácil cuello.

            -La lluvia-contestó-Es evidente ¿No?

            -No- respondí, sonriendo de nuevo y negando con la cabeza-la lluvia es maravillosa, a mí me encanta.

            -¿También le gusta resfriarse? Ande, demos un paseo bajo el paraguas que va a pillar usted una pulmonía.

            En aquellos momentos noté como si las puertas del cielo se hubieran abierto ante mis ojos, como si todos mis más profundos anhelos durante tanto tiempo ocultos, se hubiesen hecho realidad en pocos segundos. Me refugié junto a ella bajo su paraguas y caminamos sin rumbo fijo.

            -Me llamo Marine-me dijo, dándome la mano.

            -Yo soy Víctor-contesté, estrechándosela. Tenía la mano fría como el hielo, pero era de una suavidad incomparable, ni siquiera las de ella lo eran tanto como las de Marine.

            -Y dígame, ¿A qué se dedica?-Le pregunté.

            -Soy violonchelista, doy clases y todo en un conjunto algunas veces, nada fuera de lo normal.-Sonrió.-¿Y usted?

            Ay, aquella era la pregunta que más me había temido que me hiciese y lo peor de todo era que la había sacado yo sin darme cuenta. En los momentos en que alguien me preguntaba por mi oficio una extraña y agridulce quemazón se apoderaba de todo mi ser, tanto física como espiritualmente y aquellos tres segundos se me antojaban eternos, parecía que se alargaban elásticamente antes de decir:

            -Soy escritor-contestando no sin cierto pudor infantil, por cierta vergüenza de desvelar el mayor secreto que pudiese poseer, a una desconocida.

            -¿Escritor?-ella rió con gracia, sorprendida por mi inesperada respuesta.

            -¿No me cree?-le pregunté, azorado por su reacción.

            -Claro,-contestó sonriendo de nuevo-¿Por qué no iba a creerle? Tan sólo esperaba algo más…¿Normal?

            -¿Normal?-reí con despreocupación ante el adjetivo que había utilizado para calificar otros trabajos-No es nada raro escribir.

            -Sí-continuaba ella, a la vez que no dejaba de reír-Pero no se conocen escritores todos los días, pero sí médicos, o ingenieros…

            -¿Tengo cara de ingeniero?-pregunté extrañado.

            -No,-ella dejó de reír, mirándome fijamente-tiene cara de profesor.

            -¿Profesor? ¿Yo?-Aquello era cada vez más sorprendente.

            -Sí, de profesor. No sé, tiene un aire, con el jersey de pico, la corbata, las rebecas…

            Empecé a reírme en aquellos momentos. Aquella mujer era totalmente distinta a como la había imaginado en más de una ocasión. La había dibujado en renglones mil y una veces, había descrito a centenares de mujeres que tenían su mismo rostro. Había construido una infinidad de personajes femeninos diferentes que llevaban su cara de serenidad, las había descrito tantas veces que cuando la había visto realmente, todas mis imaginaciones se me antojaban vagas, como dibujos mal pintados, bocetos emborronados.

            Me resultaban proyecciones absurdas, idealizadas, pero nada era comparable a verla sonreír realmente, a contemplar sus labios curvándose con alegría sobre una hilera de perfectos dientes. En aquellos especiales instantes, que cualquier poeta hubiera calificado de románticos, la vi más bella que en la más sensual de mis proyecciones, mucho más que la mujer de un importante magante, más atractiva que una dama de alta sociedad de principios de siglo. Mucho más. La realidad superaba con creces a la ficción.

            Paseamos durante largo rato junto al río, olía a humedad, pero no a ese aroma desagradable que invade las casas viejas, sino a esa delicada esencia que inunda el ambiente cuando llueve. París me resultaba bello bajo ese cielo de color rojizo, bajo esa tenue luz del mediodía. A esa hora en que se disfrutaba del vermut.

***

            En los días posteriores nos seguimos viendo, disfrutando de cada instante que pasábamos juntos, guardando en lo más profundo de mi memoria hasta el más mínimo detalle, cada gesto, cada sonrisa, cada carcajada ante mi mala pronunciación. Era adorable verla y saber que me dedicaba su tiempo a mí en lugar de dárselo a otros. Metía en mi mente cada prenda que llevábamos, cada calle que recorríamos, todos los cafés que tomábamos. Quería no olvidarme nunca de ella.

            Un día la llevé a mi piso, ese lugar al que nadie aparte de mi compañero Jules y mi editor había accedido. Mi refugio. Lo cierto es que se me escapa el detalle de por qué acabamos los dos aquí, tal vez por el frío, por una tormenta imprevista.

            -¿Aquí trabajas?-me preguntó, señalando el escritorio lleno hasta los topes de papeles y apuntes, de dibujos a medio terminar.

            -Sí-contesté, tratando de disculparme por el caos reinante en el lugar-Está muy desordenado…

            -No pasa nada-me cortó, sonriendo-es muy bohemio.

            Dejó su abrigo y el bolso en mi sofá y miró por la ventana, tratando de buscar algún lugar en la urbana inmensidad que se veía desde mi apartamento.

            -Esto parece sacado de una novela-me dijo a la vez que sonreía-Me resulta algo más propio de la ficción que de la realidad ¿No lo habrás planeado?

            Ambos nos echamos a reír, era cierto que aquello era demasiado perfecto, demasiado novelístico para poder ser real. Viendo su perfil recortado en el haz de luz que se filtraba por la ventana, con la mitad del rostro fundido en la penumbra, un destello apareció en mi mente. Y por primera vez desde hacía mucho tiempo, desde ella, me arriesgué. Todo o nada.

            Di dos pasos con lentitud hacia ella, con el corazón latiendo a toda velocidad, amenazando con partirme las costillas. La tomé por la mejilla y la besé, dando todo en aquel beso, dejándome el alma, el corazón y los labios en aquel dulce contacto, mascando en mi vida un antes y un después, cayendo poco más tarde sobre una cama.

            Es cierto que cada vez que besas a una mujer diferente es como si besases en realidad por primera vez. Existe una magia invisible, un poder indescriptible en esa acción, que puede significar un todo o la nada más absoluta, que te puede dar la vida o matarte. Que puede significar la mayor oscuridad o la luz de los días.

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